Samuel Beckett, Charlie Chaplin y yo.

Una vez me contaron que cuando a Samuel Beckett le preguntaron -dándolo casi por hecho-  si Godot era Dios (God), él se limitó a contestar: “si hubiera querido hacer hablar a Dios, mi obra se titularía Waiting for God

Hasta no hace mucho, yo era era parte del  reducido número de lectores de teatro. Lectora, sí, aparte de estudiante y espectadora bastante asidua (un tema -el del teatro en sí, y el por qué me está abandonando-  sobre el que no me resistiré a postear próximamente).

Me reconozco incompleta, porque de Samuel Beckett no he leído novelas ni cuentos. Sólo sus obras Esperando a Godot, Días Felices y Final de Partida. Están enmarcadas dentro del denominado teatro del absurdo, un estilo que -como su nombre indica- acoje obras en las que no pasa nada. Y si pasa, se repite hasta la saciedad. De tintes supuestamente existencialistas, pretenden poner sobre la mesa los conflictos humanos y en duda la capacidad de avanzar de la sociedad.

Durante años he admirado -creo que merecidamente- a Beckett, Ionesco y, tras ellos, a toda suerte de dramaturgos que con más o menos evidencia les admiran también -y son a su vez admirados y premiados-, hasta llegar a imitarles en interminables manifestaciones teatrales de 7 horas de duración. Durante mis dos años de Dramatugia (y no hace tanto de eso) traté de ser uno de ellos, imaginando si cada frase y cada réplica podría haberse puesto en boca de un Estragón o un Vladimir. Y, efectivamente, cada cosa que escribía me parecía más absurda que la anterior, y una tras una las escenas frustradas terminaban irremediablemente la papelera de mi PC. Nunca encontraba en ellas ni un microscópico atisbo de la genialidad de Beckett , porque mis diálogos absurdos no eran igual que sus diálogos absurdos. Evidente, pero… ¿por qué? ¿No es lo absurdo absurdo y ya? Porque no sé manejar los símbolos (¿?), me decía, porque no  soy capaz de representar el vacío existencial en el que se hunden los individuos desesperanzados de la tal y la cual(¿?), me decía. Simplemente porque soy un fracaso como dramaturga (verdad, pero lo digo sin amargura). Y entonces aparecía la entraña, la víscera, la sangre de gallina desplumada para suplantar la ausencia de ideas.

Ya liberada de unas ambiciones teatrales en las que nunca creí del todo y en un intento de reconciliación, he vuelto a releer a Beckett y me he encontrado sonriendo ante un teatro que de repente me parece genial por lo divertido del absurdo, genial por ser cómico, gracioso si me permitís. Y por utilizar ese tono para transmitirnos la inmovilidad, el estatismo trágico de quien quiere avanzar y no puede, o no tiene adonde. Un humor que infinidad de nuevos y no tan nuevos directores de escena se empeñan en convertir en patéticos despliegues de vísceras, kepchup y masturbaciones en escena. Y genial también si se me admite por haber marcado un estilo y una nueva forma de contar las cosas que le pasaban al ser humano en el momento de su creación, pero que hoy por hoy  sigue imitándose hasta el hartazgo sin pararnos a pensar si la sociedad de los años 50 es la misma que la nuestra de hoy; si nuestra sociedad de ahora lo necesita o -sobretodo-lo necesita tal y como se le muestra. Tal vez genial –me posicionaré como agnóstica al respecto-, pero no  por el simple hecho de serlo.

¿Es posible que lo genial necesite de tanto razonamiento por parte de los que asisten a ello? ¿De tanto exhibicionismo? Quizás es sólo que yo no entiendo  los nueve mil símbolos y las nueve mil metáforas y las mil millones de interpretaciones que todos los demás ven y que yo misma me creí diciendo sí sí con la cabeza.

¿Que si recomiendo a Beckett? Que cada cual interprete lo que quiera.

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Un comentario

  1. pero cómo se atreve a decir que sus diálogos, primeras réplicas, no eran como los de beckett? pues claro, zamora no se hizo en una hora, distinguida amiga mía!

    un saludo y felicidades por el blog, otramente.

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