Una lanza en favor de Pérez-Reverte

Una lanza, o mejor un estandarte, recordando los que aparecen en su libro La sombra del Águila.

He escuchado mil veces que Pérez Reverte se ha vendido. Se lo he escuchado decir a los intelectuales que despedazan sistemáticamente cualquier bestseller y a los que los devoran uno tras otro. Incluso yo misma, arrastrada por la tendencia más intelectualoide, he llegado a renegar de mi época perezrevertiana…, pero sin duda existió. Y vaya si existió. Comenzó más o menos a los 17 con Territorio Comanche, culminando mi éxtasis con una ponencia del autor (a mis ojos artista y heroico corresponsal de guerra) en la Facultad de Ciencias de la Información,  donde por entonces yo estudiaba. Continuó con El maestro de esgrima, y después cogí carrerilla y -no sé si por este orden-, en el plazo de más o menos dos años había leído Patente de Corso, La piel del tambor, La tabla de Flandes, El club Dumas y la trilogía de El capitán Alatriste. Esta fiebre acabó con La carta Esférica para dar paso a una entrega total hacia mi yo intelectual y una obsesión similar  hacia Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus  (bastante vigente, de hecho, y que algún día comentaré).

Con la última página de La Carta Esférica, habiendo leído muchas de las obras de Pérez-Reverte y sufrido casi todas sus adaptaciones cinematográficas, cerré esta etapa que ahora me parece tan lejana.

Sin embargo, lo que hasta no hace tanto me pareció una puñalada a mi supuesta intelectualidad, una especie de desliz juvenil, me viene ahora a la cabeza como lo más natural del mundo. Todos estos libros ofrecen aventuras, entretenimiento, personajes en los que proyectarnos y con los que encariñarse y –lo mejor- un trabajo de documentación exhaustiva acerca del tema a tratar, ya vaya o no a reflejarse de la forma más fiel por el bien de la ficción. No voy a hablar de la profundidad del contenido ni de un estilo que te deja temblando de admiración o de envidia, pero he echado el ojo a supersupersuperventas actuales ante los que, en términos estrictamente literarios, cualquiera de estos libros de Pérez-Reverte parece una obra maestra de la literatura.

Y hace sólo dos o tres de años, llegó el momento de la reconciliación. Con La sombra del Águila sellé la paz con Pérez-Reverte. Una novela corta que he releído y re-disfrutado hace sólo unos meses. Dos horas de seguido le bastan a un lector rápido para pasar a la última página de La sombra del águila. Y de seguido se lo va a leer, porque es casi imposible parar.

Abrimos, y de primera encontramos una nota del autor:

Advertencia del autor

La sombra del águila no es una novela, ni siquiera

una novela breve. Se trata de un relato ligero e informal,

escrito en vísperas de cubrir como reportero para TVE el

conflicto de Bosnia, y destinado a publicarse

exclusivamente como folletín por entregas en el

suplemento de EL PAÍS durante el verano de 1993. Pero,

a menudo, el autor propone y los editores disponen. Que

eso conste a su cuenta y en mi descargo.

A. P-R.

El libro, basado en un hecho histórico (claramente conocido y estudiado por el autor), arranca de golpe en mitad del asedio de las tropas de Napoleón en su campaña en Rusia. En una batalla que se presenta totalmente adversa para las tropas francesas, aparece un batallón de “héroes” compuesto por un grupo de soldados, prisioneros españoles que han sido obligados a alistarse y luchar por la expansión napoleónica. Emperador y generales no dan crédito ante lo que parece una acción suicida y digna de las mayores condecoraciones (que lo serán sin duda póstumas ), mientras que los integrantes del 326 de Infantería de Línea, ajenos a la admiración que han despertado a los ojos del Sire, avanzan con ánimo de deserción hacia la línea rusa, bandera blanca escondida bajo las casacas.

Toda la narración es desternillante. Pérez-Reverte nos expone la situación a través de los ojos de uno de los soldados anónimos del 326 de Infantería de Línea, y a través de un segundo narrador que pone el foco en lo que ocurre entre tanto colina arriba, donde Emperador y generales observan incrédulos el acto heroico que tienen ante sus ojos. El tono es absolutamente fresco, desvergonzado. A pesar de que la sonrisa está presente en toda la narración, no podemos ignorar el trasfondo trágico que el autor sabe transmitirnos mediante adecuadas pinceladas que nos meten de lleno en la piel de un soldado muy a su pesar: la lucha por la supervivencia, la masacre, la deshumanización, la desesperación ante la posibilidad de la muerte, la falta de alternativas.

El autor debería haber advertido que el librito (o folletín) titulado La sombra del águila es garantía de un buen rato, sin ningún arrepentimiento

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