Supervendidos o superleídos

Estoy en plena lectura de El Mundo, de Juan José Millás, novela que fue galardonada con el Premio Planeta en 2007. No voy a entrar aún a reseñar esta obra. Tampoco reincidiré en la polémica de sobra conocida acerca de estos galardones, que alcanzó su punto crítico en 1994, año en que Miguel Delibes y Ernesto Sábato renunciaron al Premio. Pero anoche, con el libro entre las manos, me preguntaba qué misterio envuelve a los premios literarios y, más especialmente, a los Premios Planeta.

He leído sólo siete (y media) de las obras que ostentan el Planeta. Dos me parecieron muy buenas, algunas dignas de leer, y alguna puedo decir que mediocre; algunas son más comerciales que otras, pero ninguna es Los hombres que no amaban a las mujeres. Con esto quiero decir que las obras premiadas, sin estar por supuesto completamente exentos de ellos, carecen a menudo de la mezcla mágica de elementos que más atrae a los lectores esporádicos (aquellos que leen un par o tres bestsellers al año, coincidiendo a menudo con las vacaciones): en cuanto a formato, un volumen gigantesco en tapa dura (los Planeta se lanzan en tapa dura, pero suelen tener un número de páginas razonable). En cuanto a  contenido, un poco de historia, un poco de morbo, un poco de sexo, (acompañando o sustituyendo al amor), una pizca de moralina pseudofilosófica, otra de tragedia y/o humor y, sobretodo,  en cuanto a estilo, una prosa ligera y a veces tan descuidada que a los lectores frecuentes se nos ponen los pelos de punta (aunque si por un rato convierten en lector a quien no lo es, bienvenidos sean).

Entonces, si a menudo no reunen todos los ingredientes de un bestseller, ¿por qué los títulos que han ganado el Premio Planeta se venden como rosquillas? Me atrevo a lanzar algunas hipótesis:

precisamente, avalados por la supuesta garantía de ¿…? que otorga este premio y por la franja roja que dice “he ganado un premio”, los libros se convierten en superventas y, sus autores, en promesas. Otra cosa muy diferente es cuántos de los que compran estos libros los leen realmente y cuántos de ellos han encontrado en las obras marcadas con franja roja el fin de sus quebraderos de cabeza acerca de “qué le regalo a mi suegro”, y  el suegro, cuñada, o amigo invisible de turno –que lo reciben con una sonrisa-, con una sonrisa lo colocan en el estante de los libros que nunca leerán, junto a los franjasrojas que le trajeron los Reyes. Queda muy aparente en la librería del salón.

Esto a las editoriales por supuesto les trae casi sin cuidado, pues, tras la campaña mediática que genera la entrega de Premios y la polémica que, para bien o para mal, acaba resultando en notoriedad (mala o buena, a veces da igual), confían con razón en que los “regaladores de libros”, al tanto de todo esto, incrementarán sus ventas presentes y futuras, pues el libro permanecerá en la sección de Más vendidos durante el tiempo suficiente como para ser reemplazado por el próximo libro del autor ganador (con papeletas para una buena acogida) o, en su defecto, por el nuevo Premio.

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