El libro que quería ser película, o al revés.

No consigo evitarlo: me molesta que, una vez un libro haya acabado en película, nos vayamos a encontrar casi de inmediato con una nueva edición en la que la portada ha sido sustituída por la imagen de turno de la peli, la misma que vemos en los carteles, en las marquesinas de la calle, a veces incluso la misma que vemos en su versión deformada en las cabeceras de los viejos edificios-cine del centro y que parecen pintadas por un mal imitador de El Greco, con la diferencia de que más que alargarlas, ensancha las caras.
No tenemos suficiente los que hemos leído el libro y asistido a la a menudo decepcionante adaptación cinematográfica (hay libros que son cinematográficos -y olé- y otros que no lo son, por mucho que a un emocionado productor le hagan chiribitas los ojos imaginando masas de emocionados espectadores, y por mucho que un escritor decida poner la mano y recibir el premio en honor de las lonchas de mortadela que lo acompañaron los primeros años, aunque no tenga la menor idea de cómo van a hacer una peli de mi libro, yo ya hice mi trabajo, callar, coger la pasta y salir corriendo para volver sólo el día del estreno y echarme las manos a la cabeza dios mío qué infradotado pensó que de mi libro podía hacerse una película, os voy a denunciar, por capullos). No, para colmo ahora resulta que Florentino Ariza es Javier Bardem y que Sherlock Holmes es Robert Dawny Jr.
No tenemos ni por dónde empezar a soñar los que no hemos visto la peli y nos encontramos con que el libro ya tiene las caras de los protagonistas ahí, en la portada, por si acaso no te alcanzaba la imaginación como para ponerles cara tú solito, mira que majos somos.

El porqué es obvio: funciona. Si el libro no tuvo éxito en su momento, la película es una buena excusa para darle otra oportunidad. Y si el libro tuvo éxito, las futuras ediciones nacidas gracias a la película también lo tendrán, y multiplicado. Nos lo ponen fácil, la portada dice: se ha hecho una película de este libro. Y se abren ante nosotros las mágicas puertas del cine, y se enciende nuestro piloto automático de la cultura audiovisual: ON.
Libro. Película. Ventas.
No sé por qué me molesta, realmente. ¿No fomenta la lectura? Creo que mi malestar empieza por un asunto formal, sí, puede que comience por el casi inevitable factor hortera que vive en estas portadas y que de alguna manera ensucia el libro. Esto último ya es algo más personal, una especie de rencor incatalogable hacia la película-hijo que ha venido al rescate de su madre-libro y se lo pasa por la cara para que quede bien claro.
Manías, creo.

No consigo evitarlo: me molesta sobremanera que, una vez un libro haya acabado en película, nos vayamos a encontrar casi de inmediato con una nueva edición en la que la portada ha sido sustituída por la imagen de turno de la peli, la misma que vemos en los carteles, en las marquesinas de la calle, a veces incluso la misma que vemos en su versión deformada en las cabeceras de los viejos edificios-cine del centro y que parecen pintadas por un mal imitador de El Greco, con la diferencia de que más que alargarlas, ensancha las caras.
No tenemos suficiente los que hemos leído el libro y asistido a la a menudo decepcionante adaptación cinematográfica (hay libros que son cinematográficos -y olé- y otros que no lo son, por mucho que a un emocionado productor le hagan chiribitas los ojos imaginando masas de emocionados espectadores, y por mucho que un escritor decida poner la mano y recibir el premio en honor de las lonchas de mortadela que lo acompañaron los primeros años, aunque no tenga la menor idea de cómo van a hacer una peli de mi libro, yo ya hice mi trabajo, callar, coger la pasta y salir corriendo para volver sólo el día del estreno y echarme las manos a la cabeza dios mío qué infradotado pensó que de mi libro podía hacerse una película, os voy a denunciar, por capullos). No, para colmo ahora resulta que Florentino Ariza es Javier Bardem y que Sherlock Holmes es Robert Dawny Jr.
No tenemos ni por dónde empezar a soñar los que no hemos visto la peli y nos encontramos con que el libro ya tiene las caras de los protagonistas ahí, en la portada, por si acaso no te alcanzaba la imaginación como para ponerles cara tú solito, mira que majos somos.
El porqué es obvio: funciona. Si el libro no tuvo éxito en su momento, la película es una buena excusa para darle otra oportunidad. Y si el libro tuvo éxito, las futuras ediciones nacidas gracias a la película también lo tendrán, y multiplicado. Nos lo ponen fácil, la portada dice: se ha hecho una película de este libro. Y se abren ante nosotros las mágicas puertas del cine, y se enciende nuestro piloto automático de la cultura audiovisual: ON.
Libro. Película. Ventas.
No sé por qué me molesta, realmente. ¿No fomenta la lectura? Creo que mi malestar empieza por un asunto formal, sí, puede que comience por el casi inevitable factor hortera que vive en estas portadas y que de alguna manera ensucia el libro. Esto último ya es algo más personal, una especie de rencor incatalogable hacia la película-hijo que ha venido al rescate de su madre-libro y se lo pasa por la cara para que quede bien claro.
Manías, creo.
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