El lazarillo de Tormes ya no es anónimo

Más o menos a la edad de doce años descubrimos que hay un libro llamado El lazarillo de Tormes que cuenta cómo se la ingeniaba un niño en la Salamanca del siglo XVI para llevarse algo que comer a la boca. Casi al mismo tiempo nos enfrentamos a los prejuicios que cualquier obra “antigua” despertaba en nosotros a esa edad con la luz roja de “aburrimiento seguro”. Unos años después, cuando su lectura ya no es obligada por el profe de turno, descubrimos que El Lazarillo no sólo no es un tostón, sino que resulta bastante ameno y más que ingenioso. Lo que nunca supimos fue quién lo había escrito, y nos hemos acostumbrado a decir que El lazarillo de Tormes es un libro anónimo, pues aunque sobre su autoría ha habido numerosas hipótesis, el misterio del escritor desconocido dotaba a esta obra de un atractivo extra que nos invitaba a imaginar por

El Lazarillo de Tormes, según Goya.

qué su autor eligió el anomimato o, en caso de no elegirlo, qué le llevó a él.

Ahora nos encontramos con que la paleógrafa Mercedes Agulló ha descubierto que El lazarillo de Tormes se debe a Diego Hurtado de Mendoza, poeta y diplomático granadino nacido en 1505. Si buscamos su nombre en Wipikipedia, por ejemplo, nos encontramos con que esta autoría ya se presenta como un hecho. De momento, poco más sabemos, salvo que los supuestos documentos que lo atestiguan fueron encontrados entre los papeles de Don Diego y, estos papeles –según algunas cadenas de televisión que hacen eco de la noticia- “se hallaban en un cajón”. Para más datos, es obvio que tendremos que acudir a A vueltas con el autor del Lazarillo, el libro de Agulló recientemente publicado por la editorial Calambur, donde al parecer se exponen todos los detalles, recopilados durante años, y enlaces que llevan a su autora a esta conclusión, buscada por tantos durante siglos.

Aunque no debería ser cuestión de fe, supongo que habrá opiniones para todos los gustos, y también muchas suspicacias: los datos, entonces, las conclusiones, podrán o no convencernos, igual que pueden o no convencernos los manuscritos inéditos que aparecen de repente en misteriosos cajones y se atribuyen a Hemingway, por ejemplo, pasando casi inmediatamente del cajón a la mesa de novedades.

Lo que no me crea tantas dudas es la idea de que dentro de poco veremos al Lazarillo de Tormes de nuevo en las cabeceras de muchas librerías. A disfrutarlo.

* Pablo Jaraulde aporta una interesante ampliación sobre el tema en El cultural.

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