Demasiado que no leer: libros prohibidos y nueva censura

If all mankind minus one, were of one opinion, and only one person were of the contrary opinion, mankind would be no more justified in silencing that one person, than he, if he had the power, would be justified in silencing mankind. Were an opinion a personal possession of no value except to the owner; if to be obstructed in the enjoyment of it were simply a private injury, it would make some difference whether the injury was inflicted only on a few persons or on many. But the peculiar evil of silencing the expression of an opinion is, that it is robbing the human race; posterity as well as the existing generation; those who dissent from the opinion, still more than those who hold it. If the opinion is right, they are deprived of the opportunity of exchanging error for truth: if wrong, they lose, what is almost as great a benefit, the clearer perception and livelier impression of truth, produced by its collision with error.

John Stuart Mill / On Liberty

Lo primero que nos viene a la cabeza cuando oímos hablar de libros prohibidos son imágenes de los castigos y sanciones que el Tribunal de la Inquisición imponía a aquellos que escribían, difundían, poseían o leían los contenidos de obras “que atentaban contra los valores promulgados por la Iglesia Católica”. Tantos libros llegaron a ser prohibidos que en 1559, bajo el papado de Pablo IV, fue constituído el Index Librorum Prohibitorum con el fin de listar títulos y autores. Descartes, Stendhal, Flaubert, Víctor Hugo, Montesquieu, Voltaire, Dumas, Kant, Daniel Defoe, Gide, Emile Zola, Sartre son sólo algunos de los cientos de escritores cuya lectura podía meterte en serios problemas. La última edición del Index data de 1948 e incluye 4.000 títulos. Se suprimió definitivamente en 1966, una fecha que a muchos de nosotros no deja de sorprendernos por reciente.

La fiscalización que la Iglesia Católica ejerció sobre la difusión de la cultura es la más sonada, pero sin duda tenemos casos similares no sólo en otras religiones y por razones “de fe”, sino que motivos políticos y de manipulación social han estado a menudo detrás de la censura. Esto, que puede en cambio sonarnos a película en blanco y negro, sigue sucediendo. Y si no que se lo digan a Saramago. Algunas organizaciones como el Opus Dei tiene un código especial que ordena los libros del 1 al 6, en función de si son considerados aptos para leerse libremente o su lectura debería pasar por la supervisión de un guía espiritual. En la lista elaborada en 2003, la Obra califica casi todos los libros de Balzac, Emile Zola, Alejadro Dumas (padre), el escritor y sexólogo Jack Dominian con el 6 que los convierte en lecturas prohibidas. Un 6 le dan también a varios libros de Cortázar, David Cooper o Robin Cook, entre otros.

Sin embargo –y aunque no a pocos nos deje boquiabiertos que el siglo XXI vea aún listas como esta-, esta censura se limita a las fronteras de quienes, pertenenciendo a dicha organización, elijan seguir sus recomendaciones. Más preocupante es una censura mucho más sofisticada, la que no vemos.

Cada año, la American Library Association patrocina La semana de los libros prohibidos, con el fin de defender el derecho a la libre expresión y el libre acceso a la información, y de ensalzar el trabajo de escritores, profesores y profesionales del mundo editorial, libreros, bibliotecarios, estudiosos y periodistas que trabajan por esta causa. Se establece la diferencia entre libros que reciben la prohibición para publicarse (siendo esto poco corriente hoy en día) y libros “retados”, refiriéndose a aquellos a cuya difusión y distribución se ponen trabas. El motivo esgrimido por los que aplican esta censura es un deseo de protección de la población ante informaciones de tacto dudoso, sexo explícito, contenido ofensivo o poco adecuado para niños, por ejemplo. Algo que nos sonará por la distribución de contenidos que se establecen en la televisión en función de las edades.

Mi reflexión al respecto es que, como todo, las buenas intenciones están cosidas con alfileres finos. La nueva censura no es la falta de información sino la falta de información de calidad, sustituída por un exceso de contenidos dedicados al entretenimiento de las personas o, más bien, a favorecer el efecto “mente en blanco”. La sobreinformación: mucho de lo mismo, y cuanto más edulcorado, mejor que mejor. Libros que crean clichés, falsas percepciones de lo que debemos ser y de la percepción del triunfo.

Lectura de entretenimiento, por supuesto. Para eso leemos todos. Y, si puede ser, para aprender. La Literatura debe despertar nuestras mentes, no dormirlas. Pero, si lo comparamos con la televisión, no es lo mismo un libro de aventuras a lo Desafío Extremo que un libro sobre la vida de los cuatro “periodistas” del corazón y los cuatro famosillos malhablados que, por supuesto, jamás debería ser emitido a una hora en la que los niños están frente a la tele. Y sin embargo, se hace.

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