Kafka en entredicho

[…] Su pregunta, señor juez instructor, de si soy pintor de brocha gorda -aunque en realidad no se trataba de una pregunta sino de una afirmación- es significativa para todo el proceso que se ha abierto contra mí. Puede objetar que no se trata de ningún procedimiento, tiene razón,  pues sólo se trata de un procedimiento si yo lo reconozco como tal. Por el momento así lo hago, en cierto modo por compasión.

Franz Kafka / El proceso

Hace ya casi un año escuchábamos los comentarios del escritor Eduardo Mendoza afirmando, con motivo de una ponencia sobre Teoría de la novela, que “Kafka era muy mal escritor”. Aún no sé si hablaba en serio. Por entonces me quedaba pendiente la lectura de El proceso para poder incluirme dentro de lo que Mendoza considera un casi inexistente grupo de personas que pueden afirmar haber leído La metamorfosis, El castillo y El proceso de Kafka. Ahora -habiendo también leído muchos de sus cuentos- debo pertenecer, según parece, a la élite de la freakyntelectualidad, aunque aún no me ha llegado el carné de socio.

Comentamos, muy brevemente, El proceso. El origen de esta novela está en un relato de Kafka llamado Ante la Ley, en el que nos encontramos con un personaje que en vano espera durante años atravesar las gruesas puertas de la Ley, custodiadas por un guardián que se lo impide con absurdos argumentos. El proceso arranca con un personaje que se despierta una mañana con la noticia de que se ha abierto un proceso contra él. Cualquier lector familiarizado con Kafka y que, más concretamente, haya leído El Castillo, no se sorprenderá de la evolución de este absurdo proceso judicial, donde no conocemos los cargos de los cuales se acusa a Joseph K y donde el resto de personajes que pretenden esclarecer la situación no hacen más que sumar estupidez y lentitud a un sistema judicial evidentemente ineficaz e inaccesible, ante el que el ciudadano de a pie se siente, más que defendido, completamente indefenso.

K se llama el protagonista y “sufridor” de esta agonía legal, y su nombre coincide con el del agrimensor que en vano trataba de acceder a El Castillo. Se trata obviamente de una representación de ciudadanos anónimos ante un sistema burocrático sin pies ni cabeza. Como en toda obra de Kafka, hay tintes de surrealismo, que personalmente no me parecen tan alejados de muchas situaciones que hoy en día se sigien viendo en ciertos procesos burocráticos. Kafka crea también conversaciones de una naturalidad tal que resultan casi imitaciones de la vida real -surrealista en sí misma-. En ella no siempre respondemos a lo que se nos pregunta, no siempre pensamos antes de hablar o escuchamos al otro, no siempre reaccionamos como se espera de nosotros.

En El Proceso nos encontramos de nuevo con una estructura laberíntica que responde eficazmente al entorno claustrofóbico en el que se ahoga el protagonista. El proceso imposible requiere de una narración desestructurada, algo que Borges supo explicar a la perfección en su prólogo a La Metamorfosis. A esto Eduardo Mendoza lo llama “no tener sentido de la narración”, aunque personalmente no me imagino cómo una obra que habla del caos judicial podría empezar por el principio y acabar por el final. Tampoco le gusta a Mendoza como comienza Kafka la narración -por cierto, se equivoca en su cita- porque de nuevo opina que hay que comenzar por un principio y no desvelando el final. Supongo que también dudará de la calidad narrativa de Joyce o Faulkner, y que tampoco estará de acuerdo con que Gabriel García Márquez, por poner sólo un ejemplo, comience con “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó…” su Crónica de una muerte anunciada, (el propio García Márquez decía en una entrevista que este recurso le recordaba al empleado por Kafka en La Metamorfosis).

¿Hay alguien que llegado este momento todavía crea que la narración tiene reglas y que se atreva a desacreditar una obra por un tema de estructura? Pues parece ser que sí, y resulta preocupante que haya entre ellos personajes tan mediáticos como Eduardo Mendoza, que frente a una audiencia se lancen a aplicar a autores valientes e innovadores como Kafka el apelativo socarrón de “un ser entrañable, al que todos queremos”. Hablemos de eficacia, de cómo responde la estructura al contenido, y la narración de Kafka es eficaz porque te envuelve en su caos, te desespera como te desesperaría el estar viviendo la situación que describe. Que se le acuse de ser mal escritor por no atreverse a publicar sus obras quizás debería ser entendido en el contexto de un autor que, como todo pionero, tenía derecho a dudar de la validez de su trabajo en un momento en que la estructura aún era de sota, caballo y rey. Ah, y conviene aclarar que Kafka sí publicó en vida algunas obras cortas.

Señor Mendoza, está en su derecho de no gustar de Kafka y también de ser tan enrrollado y cool con su audiencia, pero por favor revise sus argumentos, esos que esgrime están obsoletos. Y dada la credibilidad que tiene ante muchos lectores, no hace sino desanimar aún más a todos los que ya de por sí tienen una idea errónea de la obra de Kafka, y la perciben como inaccesible cuando, en realidad y leída sin esa presión pseudofilosofal que parece poseer a  los que se enfrentan a ella, es del todo recomendable: interesantísima y a ratos increíblemente divertida.

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2 comentarios

  1. Lo habrá dicho en brom, digo yo. Él es una broma. Él no lo sabe, pero es una broma. Me han entrado unas ganas de leer Kafka…

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