¿Y si la literatura fuera un enorme poema dadá?

Para hacer un poema dadaísta

Coja un periódico.
Coja las tijeras.
Escoja en el periódico un artículo que tenga el largo que pretende darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte a continuación cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Extraiga seguidamente cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y usted acaba de convertirse en un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendido del vulgo.

Tristan Tzara. 1920

Queda la literatura. Los libros buenos, los libros malos, pero siempre palabras. La palabra es un código popular y democrático.

Dije que no iba a hacerlo más, pero lo he hecho. Y más de una vez, de forma recurrente aunque ya no compulsiva. He vuelto a ver teatro alternativo, los montajes audiovisuales del Reina Sofía, la expo de Barceló. Danza en la que nadie baila y conciertos en los que nadie toca. Y he vuelto a contestar “no me hagas caso, es que yo no entiendo nada”. Y luego, no hace falta que lo entiendas, no es el objetivo. Pero es que tampoco siento nada; ni frío ni calor, ni feo ni bonito. Eso sí que es una pena –me das pena-, no sabes lo que te pierdes. Te equivocas, por fin lo sé: el tiempo y los quinces euros de la entrada.

Quisiera saber si actúan, componen, pintan, bailan para sus colegas o para el público. Para el comisario de exposiciones o para el público. Para los modernitos de gafas de pasta, sus papás en la segunda fila, los incondicionales de primer curso de interpretación, los críticos y sus colegas de profesión, o para el público. Lo siento, pero no es compatible.

Quisiera saber si el público que dice entender, que dice sentir,  lo dice por boca de críticos, gurús de la profesión y amigos modernitos de gafas de pasta, o por ellos mismos. No estaría mal saber si yo soy la única persona que no está a la altura, o si debería preocuparme e ir a ver un médico.

No entiendo por qué lo alternativo casi siempre va de social, y no encontramos sociedad en lo alternativo, sólo alternativos. Por qué el arte actual dice denunciar problemas sociales y no lo hace con códigos populares. Me gustaría comprenderlo, pero una vez más han dado por hecho que formo parte de un público súper sensible y superdotado; o uno al que le bastará irse –con suerte- con un par de sensaciones a su casa y la satisfacción de poder contar que estuvo allí.

No sé si nos sobrestiman o menosprecian.

Señores comisarios, señores productores y artistas, con todos mis respetos, no entendemos un carajo. No sentimos nada. Tratamos de justificar lo antiestético con la idea que hay detrás, eso estaría bien, pero es que no la vemos. Y lo peor es que cuando nos la explican tampoco la entendemos. No comprendo los carteles de las exposiciones, ni la sinopsis de las obras ni las charlas abstractas tras los estrenos. Hola, estamos aquí, ¿se han olvidado de nosotros? Pues nos vamos a ver musicales, salas alternativas vacías y comedias de vodevil a reventar. No nos enseñan nada pero los bailarines bailan y los trajes son bonitos. Y volver y volver a las requetesabidas salas del Museo del Prado, que al menos nos ofrecen garantías.

Somos un enorme grupo de dadaístas renovados, dirán. Los artistas dadá componían riéndose de ellos mismos, poniendo en duda el arte y el propio Dadá, mientras que el arte actual se toma muy en serio a sí mismo.

Somos unos incomprendidos de nuestro tiempo, dirán. Cómo lo eran los impresionistas, como lo fue Cervantes. Entonces que alguien me explique como un arte incomprendido puede ser tan guay, cómo algo supuestamente inaceptado genera en su momento presente semejante red de amiguismos, subvenciones, ferias y festivales de pose.

Yo no me esfuerzo más. Estoy harta de esta relación unidireccional donde uno quiere desesperadamente y el otro se deja querer. Hay demasiado que hacer, que ver, que leer. Hay teatro que cree que las ideas y la denuncia no siempre pasan por litros de kepchup y nudismo en escena. La danza en la que aún se baila, el cine que te deja dos días atontado. Los cuadros que te atrapan aunque no estén de moda.

Queda sobretodo la literatura, donde no padecemos de tanta permisividad. La literatura honesta, y las letras y las palabras, los libros y punto. Sin tonterías. Unidas con mejor o peor resultado, fuera o dentro de nuestros gustos, pero palabras que dicen siempre algo a la gente, que no exigen de su público que fabriquen artificialmente un significado para no sentirse unos completos incultos, que no te obligan a leer el incomprensible cartel de la puerta para agarrarte a algo.

Yo desde luego no me imagino leyendo poemas dadá durante las dos horas que puede durar una función. Sería inconcebible.

Donde a ningún lector se le pide que pase primero por un cartel con una explicación incomprensible que trata de hacerle comprensible lo que va a leer.
Anuncios

Un comentario

  1. Yo creo que el experimento dadaístas pasó de largo en la literatura pero se quedó haciendo daño a otras artes. Hoy nadie sería tan tonto como comprarse un libro de Tristán Tzara (aunque el experimento fue interesante, no fue más que un experimento, un capricho que quedó en eso). En cambio en pintura, en vídeo arte, en escultura, música, performance, la gente es tonta y va y paga la entrada o compra (compramos y me incluyo, compro) y después dice: “Genial”. Dice: “Me ha encantado”. Dice: “¿No es maravilloso?”, cuando en realidad debería preguntar “¿Qué carajo ha sido eso?”. Si a un escritor no se le ocurre qué escribir, no le va a alcanzar para vender su libros el decir que escribe en su sofá, en pelotas, y que está borracho y drogado… al menos necesitará algo más que sólo eso. (Como ser sueco, por ejemplo, y morirse 3 días antes de entregar el último manuscrito de una saga de 3 libros gordos, como pasó, lamentablemente, con Stieg Larsson, que es más lo que hay alrededor que lo que hay dentro de ese gigantesco e insoportable libro. Pero incluso siendo una mierda -siempre es mi opinión personal- incluso siendo una mierda, ahí dentro hay mucho trabajo). Creo que un escritor puede ser trisexual, tener dos penes colgando de los pezones, ser imbécil perdido, ponerse en bolas en la presentación de su libro y acostarse con su editor, editora, su perro, su gato, su mono, su obispo de confianza, lo que sea, pero tendrá que escribir el libro. Y aunque sea una mierda, tendrá que dedicarle meses o años a escribirlo.
    Poner un florero en el Reina Sofía, ponerse en bolas en el escenario (qué antiguo, qué aburrido), hacerse el hermético en un escenario (¡o en un poema! Hay quien piensa que el poeta es ese que escribe y nadie lo entiende), o exponer un moco o unas piedritas con caritas dibujadas en Arco, todas esas son estupideces y -sigue siendo una opinión personal- estúpidos los que les dan de comer, igual que los que les dan de comer (los que les DAMOS, me incluyo, de comer) a los curas y a los futbolistas, que con tanto dinero que ganan no saben si convertirse en un arte o una religión, como pasó en Argentina con Maradona, que tantos adeptos tiene, más que Arlt, por supuesto.
    En fin, que prefiero la literatura. Es más honesta que las demás artes y oficios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s