Escritores fantasma: la marca blanca de la literatura

“¿ Y crees que Boris Izaguirre escribió su libro…él mismo?” Desayunando hoy con un amigo salió el tema de los escritores fantasma o negros, como se los conoce en España. Una palabra que resulta siempre algo incómoda y una práctica que, aunque sobradamente reconocida, se vuelve irremediablemente turbia, rozando lo tabú, desde el momento que implica ocultación. La hemos colocado en el difuso borde de la ética.

Aunque doy por hecho que la utilización de colaboradores fantasma en las artes es muy previa a esa fecha, en Escribir en colaboración, ensayo escrito en 2008 por los críticos franceses Michel Lafon y Benoît Peeters, se señala que el término negro para referirse a los escritores que ejercen en la sombra fue utilizado ya en 1845 por Eugène de Mirecourt, en un panfleto lanzado contra Alejandro Dumas (padre):

Fábrica de novelas, Casa Alejandro Dumas y Compañía: Rasque un poco en la piel de Dumas y encontrará al salvaje. Come patatas que saca ardiendo de la ceniza del fogón y las devora sin quitarles la piel: ¡un negro! Como necesita 200.000 francos al año, alquila desertores intelectuales y traductores a salario que los degradan a la condición de negros que trabajan bajo el látigo de un mulato!

Con estas palabras, el crítico Eugene de Mirecourt aprovechaba no sólo para desprestigiar a Dumas por su procedencia africana (abuela materna), sino para reprocharle el firmar en exclusividad sus novelas, cuando en realidad –afirma el mencionado ensayo- obras como El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros, entre otras, fueron escritas conjuntamente por Dumas y Auguste Maquet.

Atendiendo a la lógica, el decir que Alejandro Dumas se valió de colaboradores resulta casi obvio, pues si revisamos la interminable lista de obras que se le atribuyen –y, por cierto, el sobrado tamaño de la mayoría de ellas- resulta evidente que no hay mano capaz de escribir tanto y con tanta rapidez. Algo aplicable a muchos escritores contemporáneos que nos dejan boquiabiertos con su velocidad cósmica a la hora de publicar novedades..

Lo sabemos. Y habrá quienes, sin embargo, se hayan llevado una desilusión tal como la que sentimos cuando descubrimos que nuestro lienzo favorito de Rembrant no fue pintado por su mano, sino por la escuela de, valga el término escuela en pintura como sinónimo amable  a negro en literatura.

Volviendo a casa tras el desayuno con mi amigo, me preguntaba por qué la existencia de escritores fantasma es un secreto a voces, pero un secreto al fin y al cabo. Un tabú.  Por qué a los lectores nos desilusiona conocer de su existencia y no queremos ni oír hablar de ello. Si googleamos “escritores fantasma” accedemos sin problema  a la web de empresas de escritores fantasma; empresas absolutamente legales que abiertamente ofrecen los servicios de escritores sin firma que harán realidad los sueños de cualquier famoso que quiera escribir y firmar su autobiografía, de cualquier escritor de renombre que no sea capaz de escribir los dos tomos anuales que figuran en su contrato; hasta de un editor que sueñe con que el escritor de moda escriba en cuatro meses un libro sobre el tema de moda, llámese templarios o amenaza extraterrestre.  Y sin embargo a nadie le gusta hablar de ello, y es casi imposible dar con sus nombres.

Me temo que una vez más estamos ante el poderoso marketing, que se da de bruces contra cualquier atisbo de romanticismo. Los escritores desconocidos se prestan al juego porque no les queda otra, y porque tal vez sea la única forma de entrar en el negocio. Los lectores nos lo hemos comido sin rechistar y nos dejamos sugestionar por un nombre. Pecamos de vagancia y preferimos el tiro hecho, el lugar que creemos seguro, un libro de marca. Las editoriales lo saben. No es lo mismo Pepito Pérez que JOSEPH PERICH, y no es lo mismo Leche Pascual que la del Carrefour, aunque saliesen de la misma fábrica.  Lanzar a Pepito Pérez a la marabunta cuesta dinero. Joseph Perich es dinero. No por casualidad hay autores cuyo nombre ocupa más que el título en la cubierta de sus libros.

¿Hasta que punto es ético presentar como propio el trabajo de otro, aunque se obtenga su consentimiento? ¿No es acaso un engaño, aunque sea un engaño legal?

A mí personalmente me gustaría saber a quién le debo el placer de leer un buen libro, o si alguna vez he tachado de genial a alguien que sólo ha cogido un boli para firmar autógrafos en la presentación.

*Imagen tomada de El País. La era de los escritores fantasma. 17.Dic.2007

Anuncios

Un comentario

  1. Cortázar dice en uno de sus cuentos: “…las palabras podían ser vendidas pero nunca compradas, por más absurdo que parezca”, y en Suecia se condena a quien compra prostitución, a quien la vende (es decir, al hombre, generalmente, que va y le dice a una mujer, “¿Cuánto?”, no a la prostituta). Yo creo que ambos ejemplos podrían o deberían aplicarse a la literatura. El criminal es el que paga al escritor fantasma y firma el libro, no el pobre hombre que luego de quemarse los ojos para aprender el oficio de escritor tiene que trabajar por 1 euro la hora (o 100, me da igual) para una persona que está engañando a todo el mundo. Es decir, el escritor fantasma debería poder cobrar el adelanto y luego estar en su derecho de denunciar a la persona que ha demandado el servicio. Es que me parece despreciable y aberrante que una persona pague para decir que ha escrito un libro. El éxito -es mi opinión- está sobrevalorado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s