La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, por la mitad.

“Aparte del amor, la amistad y la belleza del Arte, no veo gran cosa que pueda alimentar la belleza humana. Soy verdaderamente joven para aspirar a la amistad y al amor. Pero el Arte… si no tuviera que morir, el Arte habría sido toda mi vida. Bueno cuando digo Arte debo aclarar a qué me refiero: no estoy hablando sólo de las grandes obras de los maestros. Ni siquiera por Vermeer le tengo apego a la vida. Su obra es sublime pero está muerta. No, yo me refiero a la belleza en el mundo, a lo que puede elevarnos en el movimiento de la vida.”

Si ciento dos personas te recomiendan un libro y lo ves presidiendo estante en cada visita a la librería, acabas leyéndolo, aunque sea por no quedarte con la duda de qué te estarás perdiendo. Yo he tardado más de tres años en encontrar el momento de hincarle el diente a La elegancia del erizo, multialabado y premiado bestseller de la francesa Muriel Barbery. Lo compré en mi última visita a Londres, edición de Gallic y traducido al inglés por Allison Anderson (una especie de manía mía de leer en inglés los libros que no están escritos originariamente en castellano) y fue mi compañero de estrecheces en el vuelo Madrid-Buenos Aires.

A riesgo de convertirme en una paria, he de confesar que no he pasado de la página cien. Lo hubiese dejado en la cincuenta, pero mi e-reader estaba sin batería, ya había ojeado del derecho y del revés el Ronda Iberia y la entrevista a Julia Roberts no daba para más. Me explico: las primeras cinco o seis páginas me atraparon. Presentación de dos personajes interesantes: Paloma, una niña de doce años, superdotada y dispuesta a suicidarse el día de su trece cumpleaños, y Reneé, conserje de un edificio “bien” que ha decidido guardarse para sí los conocimientos que una vida de intensa lectura y voraces inquietudes intelectuales le ha proporcionado.

Comienza el libro con interesantes reflexiones de la una y la otra; pensamientos profundos sobre la vida, el arte y la compleja telaraña social de la que cada uno de nosotros pendemos, agarrados a un hilito como si de un clavo ardiendo se tratase. Bien, siendo la autora en concreto  profesora de Filosofía, cabe esperar una buena cantidad de disertación en su obra. Siempre que no destile autoayuda, me gusta. Mi problema llega cuando pasado un número razonable de páginas esta cantidad pasa a convertirse en una sobredosis de pensamientos filosóficos sobre absolutamente todo, llevándose la palma todo aquello relacionado con cuestiones artísticas en lo que parece ser una especie de katarsis posmodernista.

Me acomodo como puedo en el asiento y, presionada por tres años de recomendaciones, culpo de mi incapacidad de disfrute a las condiciones de la clase turista y a una repentina falta de comprensión del idioma inglés cuando viene revestido de cierto barroquismo. Sigo leyendo. Toc, toc. No consigo entrar. Me molestan varias cosas:

el ya mencionado exceso de disertaciones filosóficas me recuerda, salvando las distancias, a los discursos de alguno de los personajes del teatro de Sartre o Camus que, en plena representación, parecen sacarse de la manga el panfleto del manifiesto existencialista y…  de bruces al sillón, bye-bye magia. (Sólo que Sarte y Camus me pillaron en ese momento universitario donde disfrutaba asimilando como propios pensamientos existencialistas) y

un toque que no sé si identificar como de cierta superioridad, o todo lo contrario. Dos personajes de perfil interesante, una conserje y una niña superdotada, que de repente se convierten en seres de una superioridad intelectual y gusto estético pasmosos.  El cerebro de Paloma haría palidecer a Sheldon Cooper. Me gustó sin embargo la idea de  una conserje -personaje que en el imaginario colectivo no se asocia con altos niveles de intelectualidad- ilustrada. Personajes poco empáticos, poco humanos. Falta frescura. Las situaciones cotidianas, la historia, se pierden bajo tal avalancha filosofal.

Y aborto misión en la página cien.

Como siempre, esto ha sido mi relación personal con este libro. Y parece que se da de bruces contra la crítica, las ventas y la opinión generalizada de los adoradores de La elegancia del erizo. Lo mejor: leerlo, y opinar por uno mismo.


Anuncios

2 comentarios

  1. No podría estar más de acuerdo con lo que dices. A veces, los caminos que convierten un libro en un best-seller son inescrutables.

    A mí me pareció una novela pretenciosa, con personajes repelentes, amena, si quieres, pero vacía y con un final absurdo. Y no soy especialmente maniática a la hora de escoger los títulos que leo; quiero decir que lo mismo devoro a Stephen King que a Coetzee, Dickens o Vila-Matas.

    Me ha gustado tu post porque dices lo que piensas sin pretender ir de erudita, cosa muy poco común en los blogs de literatura.

    • Hola Anna,
      gracias por tu comentario.
      Como dices, es difícil entender como libros como este se hacen un hueco en la lista de bestsellers, a menudo inundada por lecturas mucho más ligeras, asequibles, de acción trepidante y que tienen el entretenimiento como principal objetivo.

      Le he echado un vistazo al trabajo que hacéis en contents y pinta interesante. Os deseo mucho éxitos.
      Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s