La Historia de Teller o “un rockero en el anonimato”

Llegué a Venecia cuatro meses después de mi muerte. Elegí ese lugar porque no tenía explicación. Me había impuesto, después de mi muerte, no buscar explicaciones. Quiero decir: agua fresca, viento en la cara. Los cambios en la vida son eso: un olvido, un golpe seco, una mujer que se levanta de su asiento en el subterráneo y sabe que no va a bajarse en la estación correcta.

Historia de Teller/Jorge Lanata

 

La Historia de Teller es una pequeña novela del periodista argentino Jorge Lanata. Pequeña en cuanto a que son 162 páginas que pasan rápidamente. No tan chica si hablamos de la ambición del autor al intentar introducir en ella elementos de la narrativa, cierto carácter de ensayo y toques con aire a teatro del absurdo.

La historia de Teller es la historia de un rockero harto de serlo, podrido de los focos, los contratos millonarios, las discográficas y las adolescentes que se le regalan a la entrada del camerino. Es también la historia de personajes que se hunden en una ciudad que también se hunde: Venecia. Me gusta la pregunta que hay detrás, la idea de personas en lugares, momentos equivocados, que parecen estar perpetuamente fuera de contexto : ¿puede una persona dejar de ser ella misma? ¿Puede quererse más a una persona si la privamos de sus defectos? ¿Se puede empezar de cero? Hace poco comentaba Dormir al sol, excepcional novela de Bioy Casares, donde la respuesta a esto es un rotundo No. Las personas son con sus defectos y fuera de ellos son otra cosa, otra persona, un extraño. La respuesta de Jorge Lanata a esto tendréis que buscarla al final del libro.

No me gusta, sin embargo, una experimentación en el estilo que encuentro no conseguida. El punto de vista cambia de la tercera a una primera persona variante, que puede narrar, hablar o incluso ser protagonista de un monólogo interior desprovisto de naturalidad. Los personajes piensan con una lucidez y discurso narrativo de por sí imposible en los pensamientos (diría Joyce) , y el autor se empeña en ejercer un despliegue de fórmulas literarias que pasan por una escena que bien podría salir de La cantante calva, de Ionesco, hasta otra más propia de una descripción costumbrista. ¿Problema? No tendría por qué, pero en este caso me parece que el ejercicio le resta consistencia al conjunto.

Con esto y todo (me estoy volviendo blanda), he pasado un buen rato: recomendado.

*Imagen: Carnaval, de Gustavo Gil Campos

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